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Leer, un espacio de libertad

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libro

Una casa de libros es una fuente para soñar y amar. Crecí en una casa así. Todavía vivo en una casa cuyas paredes son libros. Sobre los muebles. En los rincones…

Entra el viento por la ventana y a veces abre páginas al azar. Te detienes. Miras. Hay un mensaje que te envían los libros. Crecer en una casa de libros te hace dómine de secretos y misterios. Te lleva lejos, tanto como no imaginas. Los libros son fuente de conocimiento, de placer y de poder.

Te hacen domeñar cielos y mares, infinitos, voluntades ajenas y con ellos vives historias impensadas. Por eso leer es un privilegio y la lectura, un derecho que se debe ejercer libremente. Pero llevas algo adelantado si naciste en una casa de libros. O si eres capaz de construirla y cobijar en ella a tus seres más queridos. Una casa de libros es una fuente para soñar y amar.

No sé bien por qué, pero desde siempre, los libros se me han antojado una ventana, precisamente aquella ventana que se me abre insidiosa y promisoria y me hace mirar allá adentro de ellos de manera constante y reiterada, esperando (o no esperando, quién sabe) encontrar algo diferente cada vez que me asomo a ella como espacio de infinitud y sorpresa.

El libro me inspira libertad. La ventana me da libertad. Libro-Libertad-Ventana. Enjundiosa combinación de palabras de significados contrastantes, pero, de alguna manera, tan relacionados entre sí por un algo raro, que aún no soy capaz de definir ni comprender.

Tuve una infancia llena de libros y de ventanas. De ventanas que se me cerraban al aire, a las voces provenientes de la calle, al susurro de amigos invitándome a escapar ventana (o puerta) afuera para irme a jugar.

Una infancia llena de libros que, como ventanas, se me abrían sugerentes y amigos. De libros que eran el entretenimiento, la aventura y el inigualable placer de jugar a ser uno y muchos personajes a la vez.

Jugaba con las ventanas de mi casa. Para mí eran como un libro abierto. Me asomaba a ellas inventándome historias imposibles y solía estudiar las calles cercanas, los lejanos transeúntes que, en mi fantasía, iban a cruzar frente a mi portal, el minuto siguiente. Pero pasaban las horas y lo inesperado a veces me dejaba esperando inútilmente.

Entonces, cuando se cerraban las ventanas de mi cuarto y las de mi imaginación, para mí no quedaba otro camino que abrir las ventanas de los libros, esos inefables caminos que me permitían escapar de mi mundo e irme mucho más allá, bien lejos en distancias o tiempos.

Recuerdo los libros apiñados unos sobre otros encima de una silla temblequeante tapizada de rosado, que se encontraba en un rincón del cuarto de mi madre. De allí los iba tomando y quedaban dispersos en la, para mí, enorme cama donde me pasaba muchas horas al día, leyendo sin tregua.

En realidad, inicialmente veía las letras, pero no sabía leer lo que ellas trataban de decirme. Poco a poco, las iba conociendo. Me las imaginaba trazando caminos hacia las palabras, los sentimientos y emociones, desconocidas ideas que quizás ya jugara a imaginar.

Las ilustraciones sí que eran harto expresivas, diría que impresionantes. ¡Qué curioso efecto me producía ver aquellas imágenes tan raras y poco habituales en el cotidiano de un niño habitante de un pueblo costero de pescadores!

Eran imágenes llenas de misterio, pues de alguna manera yo intuía que provenían del mundo real, pero tras ellas se apreciaba la mirada de un artista que lo veía todo con ojos diferentes.

Crecí con libros de editoriales españolas sobre mis rodillas pues, a la sazón, mi madre era bibliotecaria de un sitio encantado al que llegaban todos esos libros: Aguilar, Doncel, Timun Mas, Molino, Juventud, Noguer…

Había desde imágenes bíblicas hasta de caballeros medievales. Vi mucho antes la figura esbelta y romántica del caballero Roldán de Roncesvalles, incluso sin saber quién era en realidad. El anciano venerable, que luego se convirtió en Carlomagno, me impresionaba por su rostro bondadoso, aunque severo.

En las leyendas italianas o los cuentos de ogros descubrí el terror subyacente ante esos personajes homicidas que, al estilo de Barbazul, pueblan la literatura infantil universal clásica y que tanto delicioso sobresalto son capaces de producir en los niños voraces de conocimiento como el que alguna vez yo fui.

Me extasiaba con la leyenda de Sakuntala o la muerte del niño Muni del volumen Flor de leyendas, de Alejandro Casona —que todavía hoy conservo—, o todos aquellos cuentos ilustrados de Las mil y una noches árabes. Era tan maravilloso y vasto, tan desconcertante el mundo de imágenes que ofrecían los libros…

No había leído Alicia en el País de las Maravillas, pero le hacía honor a sus deseos de pedir un libro donde, eso sí, hubiera muchas, muchas imágenes.

Pero retorno a mi ventana de la infancia, a la real, no a la imaginaria que se me abría en tantos libros diferentes. Por ella aprendí a leer en el rostro de la gente. Lo cual es bien difícil si se mira bien, pues algunas veces, la gente anda tratando de ocultarle a los demás su verdadero rostro…

Esa lectura —no lo sabía entonces, jamás lo hubiera podido imaginar siquiera— me iba a servir mucho tiempo después, cuando menos lo imaginara, en mi oficio de escritor.

Todo el mundo tiene un rostro que va gritando sus verdades. Un rostro frío e indiferente que trata de volverse cálido precisamente ante la persona que más le hace sufrir. Un rostro esperanzado al amanecer. Un rostro que se apaga de agotamiento cuando anochece. Un rostro sonriente que se va acordando de sus propios pensamientos. Un rostro que se ilumina cuando ve aparecer a otro bien cerca. Rostros de furia. Rostros de encanto. Rostros de curiosidad. Caras de asombro. Miradas inquisitivas. El rostro que da el soñar y soñar sin que jamás lo soñado se haga realidad.

¡Tanto podía ver desde mi ventana!

De tanto ver y ver, sabía hasta cuándo llegaba o se iba la gente del barrio. Imaginaba sus pasos allá lejos, a solo una cuadra de distancia o los imaginaba perdidos en un remoto paraje que me inventaba para ellos, según su rostro me dijera cuáles eran sus sueños o aspiraciones.

Leer en el rostro de la gente siempre me fue muy útil y es una ciencia que nunca me arrepentiré de haber ejercitado. Es, en definitiva, la lectura que más enseña a vivir y a entendernos con los demás, con aquellos que nos tropezaremos alguna vez en nuestra vida peregrina e insospechada…

Por eso las ventanas siempre me recuerdan a la lectura. Y la lectura ha sido para mí una de las mayores ventanas que alguna vez me he atrevido a cruzar.

La lectura es mi ventana al ayer. Mi ventana al hoy. Mi ventana al futuro. Mi ventana hacia los demás. Mi ventana hacia mí. Mi ventana hacia los sueños. Mi ventana hacia los misterios. Mi ventana hacia mi alma, en ocasiones cercana o quizás ajena, siempre insondable y misteriosa, como el mayor y más antiguo enigma de la humanidad…

Creo que mi alma, como debe sucederles a muchos, es todavía ese libro (o ventana) misterioso (a) que apenas me atrevo a abrir. ¿Lo haré alguna vez? ¿Y entonces conseguiré leer en ella? Ese quizás sea el enigma que aturde a tantos autores quienes, sin saberlo, en cada nuevo se desvisten y dejan que otros, mirando ventana adentro a través de unas páginas, se asomen a su misterio.

El gran teórico, profesor y escritor italiano Gianni Rodari se preguntaba: “¿Vale la pena que un niño aprenda llorando lo que puede aprender riendo?”. Y aseguraba que: “Por medio de las historias y de los procedimientos fantásticos que las producen, nosotros ayudamos a los niños a entrar en la realidad por la ventana, en vez de hacerlo por la puerta. Es más divertido y por lo tanto más útil”.

Estimo que si todos los adultos que a nuestro resguardo —ya sean hijos, nietos, sobrinos, alumnos— tenemos niños fuéramos capaces de estimular esa fantasía e imaginación innata de la infancia, lograríamos abrir para ellos una inconmensurable ventana al infinito. La lectura nunca podrá ser para ellos una cárcel. Justamente porque la lectura es, como pocos, uno de los espacios más promisorios de LIBERTAD.

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